miércoles, 24 de agosto de 2016

El problema de comer

Cuando nuestros antepasados desarrollaron la agricultura, más o menos 10.000 años A.C: abandonaron progresivamente su  rol de cazadores y recolectores, tomando el control de la producción por medio de la agricultura y la ganadería. Se calcula que este cambio incremento la población un 1.000 %. El hombre ya no era nómada, se estableció y durante siglos fue perfeccionando sus técnicas productivas.

En los últimos cincuenta años (quizás sesenta) debido al espectacular desarrollo de una agricultura y una ganadería capaces de producciones intensivas se  han generado, al menos en las sociedades desarrolladas, unas altas cantidades de alimentos, causantes de que tengamos disponibles un número ilimitado de calorías que obtenemos con un escaso gasto energético por nuestra parte.

Desde esta perspectiva es fácil entender porque nuestra especie esta manifestando una tendencia a engordar. Quizá responda a una nueva adaptación que a lo largo de numerosas generaciones futuras camine hacia una obesidad sin repercusiones en la salud no sabemos muy bien por, ni para que finalidad. Pero de momento, lo que sí sabemos ya, es que esta tendencia,  y un ideal de belleza no demasiado conectado a la realidad desarrollado en el mundo occidental,  esta causando problemas a un numero importante de personas en forma de trastornos alimentarios.

Los trastornos de la alimentación constituyen uno de los problemas de salud que han experimentado mayor crecimiento en la población joven. En la actualidad, el ser delgado se asocia con la belleza y la salud, lo que está provocando un culto por el cuerpo y la búsqueda del canon estético de la delgadez que lleva a establecer objetivos de pérdida de peso no realistas cada vez desde edades más tempranas.

Estudios recientes sugieren que 11.2% de los adolescentes muestran conductas alimentarías de riesgo para el desarrollo de TCA, de las que casi 70% de los casos son mujeres. Otro estudio mostró como hasta un 8% de las universitarias encuestadas creían que las estrategias extremas que se han popularizado para el control del peso (por ejemplo, las dietas monoalimentarias) son prácticas útiles.

Estas dietas de dudosa eficacia pueden conducir al desarrollo, no sólo de los bien conocidos trastornos alimentarios, sino también de nuevos TCA como la vigorexia y la ortorexia, el trastorno por atracón o trastorno alimentario compulsivo. Ser mujer y vivir en una cultura occidental ya constituye un factor de riesgo para padecer un  TCA.

Generalmente, las mujeres comienzan a restringir su dieta cuando hay diferencias entre cómo se ven y cómo se quieren ver; es decir, cuando creen que su cuerpo no concuerda con el ideal social, se genera en ellas una insatisfacción con el tamaño y la forma de su cuerpo.


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La autoestima es esencial para la supervivencia psicológica.

La importancia de la autoestima reside en que concierne a todo lo que somos, nuestra forma de ser y la evaluación que hacemos de nuestra valía. El problema esta en la capacidad humana del juicio. Juzgarse y rechazarse a uno mismo produce un enorme dolor. Para evitar agravar de algún modo ese malestar, tendemos a replegarnos, asumir menos riesgos, relacionarnos menos y con peor calidad en nuestras interacciones. Levantamos barreras defensivas, para algunos será la ira, otros el perfeccionismo, las fanfarronadas, las drogas,…..

Nadie puede dejar de pensar en sí mismo y de evaluarse. Importa por tanto, desarrollar nuestra autoestima de la forma más realista y positiva posible, para que nos permita descubrir y utilizar debidamente nuestros recursos personales disponibles, así como aceptar y superar en la medida de nuestras posibilidades nuestras deficiencias.

El estilo de crianza recibido durante los 3 ó 4 primeros años de vida junto con las circunstancias de la vida que nos toque vivir, tendrán un gran peso en la polaridad y calidad de nuestra autoestima. Pero no solo en este periodo del desarrollo va a darse esta influencia. Recientes estudios realizados con adolescentes se ha visto como el apoyo percibido de sus padres, principalmente de la madre, es el elemento que configura la autoestima de los adolescentes tanto en el dominio familiar como en el escolar.

Aunque no estamos completamente determinados por los estilos de crianza recibidos. Las circunstancias de nuestra vida van a influir en la configuración de nuestra personalidad y también en el tipo y grado de autoestima que desarrollemos, pero no es menos cierto que el tipo y grado de autoestima que tenemos también va a incidir en como se desarrollen estas circunstancias. 

Es aquello del ¿qué fue primero el huevo o la gallina? No se sabe pues a pesar de las investigaciones, no hay acuerdo. El factor más importante para el cuidado o reestructuración de la autoestima son nuestras propias (auto) ideas, (auto) creencias y (auto) percepciones.

Una autoestima suficiente posee en mayor o menor medida:

-  Aprecio hacia uno mismo, independientemente de lo que se pueda hacer o poseer.
- Aceptación tolerante y esperanzada de sus limitaciones, debilidades, errores y fracasos.
- Afecto comprensivo. Actitud que genere sentimientos de paz interior.
- Atención y cuidado. Tiene en cuenta sus necesidades reales (psíquicas, intelectuales, físicas, espirituales,…).

Estamos envejeciendo...

La población global está en proceso de envejecimiento, esto es un hecho. Los incrementos más rápidos de envejecimiento poblacional se darán en los países en desarrollo. De hecho, en muchas partes del mundo el grupo de edad de crecimiento se produce en personas de ochenta o más años.

Este es el resultado de una combinación entre varios factores, como por ejemplo: la disminución de la fertilidad, el crecimiento económico, una mejor nutrición, estilos de vida más sanos, mejor control de las enfermedades infecciosas, agua e instalaciones de salubridad más seguras, y también, como obviar el avance en la ciencia, la tecnología y la medicina en las últimas décadas.

A lo que coloquialmente llamamos “tercera edad”, se refiere en realidad a un amplio colectivo de personas con un vasto rango de edades; en consecuencia, es la etapa en la que se dan mayores más acusadas diferencias entre sus componentes, tanto en el estado funcional, cognitivo, motor, psicológico, etc. de cada persona anciana; y también en la red social y familiar que les rodea, su nivel de adaptación a la nueva situación económico-laboral, etc. por nombrar solo alguno de los muchos ejemplos posibles. 

Lo cierto es que la edad cronológica pierde valor explicativo en esta etapa. A pesar de todo ello, en nuestro modelo social actual, la vejez se asocia con escenarios de calado negativo. Habitualmente se atribuye a esta etapa de la vida particularidades como la dependencia, la enfermedad, los problemas cognitivos, la soledad, etc. Son estos unos estereotipos que pueden tener o no relación con la realidad.

Podemos constatar, si escuchamos a nuestros mayores, especialmente a aquellos que tienen menos años, mantienen mejores niveles de salud, o cuentan con una mejor red de apoyo familiar y social, -en definitiva, los que viven su tiempo con un interés que supere el de la mera supervivencia-, que éstas creencias de negatividad y decadencia no son aplicables, ni mucho menos, en todas las personas mayores. ¡Nada más lejos de la realidad!

Es necesario, erradicar falsas creencias y errores, y sobre todo revelar la inconveniencia de generalizar cuando hablamos de la vejez, puesto que, de lo contrario, y a pesar de todos nuestros esfuerzos y de nuestra indudable competencia profesional, podríamos no estar proporcionando a nuestros ancianos una atención acorde con sus necesidades reales, que son exclusivas e individuales.

Aunque es cierto que existe una tendencia similar en cuanto al patrón de comportamiento biológico y fisiológico, no lo es menos que la combinación (única y exclusiva de cada individuo) de variables comportamentales, ambientales y genéticas tienen una clarísima influencia en el proceso de envejecimiento.

De todos modos, incluso en aquellos casos en los que la presupuesta situación de deterioro este presente, no necesariamente se debe asumir en estas personas la carencia de ilusiones, proyectos o esperanzas. Es más, en estos casos es una muy buena práctica ayudarles a buscar, incitar y promover propósitos e ilusiones que den significado y valor a su presente, sea cual sea la circunstancia en que lo transiten.

Estoy segura de que promocionar el conocimiento de todos los conceptos relacionados con el desarrollo humano, el envejecimiento, la enfermedad terminal y la muerte, proporciona una base adecuada sobre la cual apoyar debidamente la ayuda que se proporcione a las personas en las etapas finales de sus vidas, así como a sus familiares y cuidadores, cada uno de ellos inmerso en su momento vital particular.


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