domingo, 18 de septiembre de 2016

¿Compra impulsiva o compra compulsiva?


 La sociedad del tercer milenio es consumista, no en vano es conocida como sociedad de consumo. Nos invade la publicidad en todos los medios de comunicación que nos recuerdan reiteradamente las mejores marcas, nos “premian” con promociones, en definitiva, nos inducen a gastar. En realidad pensamos que consumir es natural, aceptable, mejora la autoestima, estimula la actividad económica.


Además, es fácil encontrar ocasiones para hacer regalos, adquirir artículos para las propias necesidades, invertir en vivienda y transporte, etc. Pero desafortunadamente para algunas personas, la costumbre y el hábito de gastar se convierten en una necesidad patológica.
Compramos cosas innecesarias por diferentes motivos, algunas veces buscando la propia autoafirmación mediante la mejora de la imagen, la comodidad, el capricho personal o por una afición al coleccionismo. En otras ocasiones, compramos al dictado de lo que marque la moda o cedemos a la presión de la rivalidad para no ser menos que los otros. En este ambiente, una de las consecuencias esperables es que un porcentaje de la población desarrolle una adicción a la compra.

Según el Informe Europeo sobre Adicción al Consumo: una tercera parte de los ciudadanos de la U.E, los españoles entre ellos, tienen serios problemas de autocontrol a la hora de realizar sus compras. El 33 % de los españoles tiene un alto nivel de tendencia al consumo irreflexivo o innecesario. Entre un 1 y un 4 %  de ellos podría ser considerado como “consumidor patológico”, y necesitaría algún tipo de tratamiento o ayuda psicológica. Si bien, cuesta mucho que estas personas sean conscientes de que tienen un problema, de hecho, cuando acuden a tratamiento lo hacen impulsados por la familia.

Estos compradores compulsivos son capaces de dilapidar más de lo que tienen y poner en peligro su trabajo y familia para satisfacer su ansía de comprar sin parar. La excitación experimentada es comparable a otras situaciones como la del juego, la droga etc. Y el motivo de ello es que los procesos psicológicos que están a la base de estas conductas son los mismos que en los demás tipos de adicciones.

Un amplio número de problemas psicológicos, familiares o sociales  se relacionan con el consumo y el gasto. Estudios recientes indican que el número de casos patológicos está en ascenso.

Preocupa muy especialmente la falta de una adecuada respuesta educativa al respecto, que dirigida a niños y jóvenes, les informe y proteja como los consumidores que ahora son, y les prepare como los futuros consumidores adultos que serán mañana. Esto es grave, más si se tiene en cuenta que los jóvenes son los más vulnerables a la publicidad.


La edad de inicio del problema, se sitúa en los 18 años y se acentúa unos pocos años después, cuando entran a formar parte del mundo laboral. Pero es en las décadas entre los 30 y 40 años donde se sitúa un mayor número de adictos. En promedio, tardan una media de 12 años en tomar consciencia del problema. Por cada hombre adicto a la compra, son 4 las mujeres que presentan este problema.

lunes, 12 de septiembre de 2016

AUTOESTIMA

La autoestima es esencial para la supervivencia emocional. El ser humano posee la capacidad de definir quien es, establecer una identidad y después decidir si le gusta o no dicha identidad. El problema surge cuando se rechazan partes de uno mismo, pues con ese proceder dañamos considerablemente algunas de nuestras estructuras psicológicas. 
Al autorechazarnos nos producimos un profundo dolor y para mitigarlo aprendemos a huir y/o reinterpretar cualquier situación que pensemos que pueda aumentar ese dolor. Buscamos la solución levantando barreras defensivas inconscientemente, cómo por ejemplo inculpándonos, encolerizándonos, siendo perfeccionistas, poniendo excusas, fanfarroneando, etc. 
En ocasiones se recurre al alcohol, a las demás drogas u otros comportamientos adictivos. Comportamientos que no van a aliviar nuestro malestar, lo más probable es que se agrave notablemente además de añadir nuevos problemas, creando un  círculo del que cada vez es más difícil salir.

Por nuestra  experiencia con los demás aprendemos a valorarnos en función de cómo somos tratados, de las expectativas que se han depositado en nosotros, de nuestros ideales, de nuestro nivel de desempeño, etc. Cuando esto nos está dañando debemos saber que todo aquello que se aprende es susceptible de “desaprenderse”. La forma en que uno se percibe a sí mismo es fruto de antiguas heridas y puede cambiar.

Todo el mundo tiene una voz interior critica, en las personas con baja autoestima esta voz  lee la mente a las otras personas, lleva el registro de los fracasos pero nunca de sus éxitos, fija estándares de perfección imposibles de alcanzar, exagera las debilidades,… y parece que es lo natural ya que comparte su vida cada día. Por distorsionados y falsos que sean sus ataques, siempre se le cree. El secreto para que una mentira sea creíble es repetirla lo suficiente y eso es precisamente lo que la voz crítica hace con quien tiene baja autoestima. Es una voz patológica que tiene su origen en el comienzo de  la historia vital.

Los padres enseñan sus hijos desde que nacen que las conductas son aceptables, reprobables, peligrosas, loables, etc. Se premia aquella conducta buena y se reprende la que no lo es. El niño desde muy pequeño, aprende así que debe ser de determinada forma para obtener la aprobación de sus padres, de alguna forma sabe que correría un grave riesgo si fuese rechazado. Todos crecemos con residuos emocionales de los gestos prohibitivos que nos llevan a pensar que hay una parte de nosotros que es mala y que explica por qué los ataques de esa voz crítica encajan tan bien con lo que uno ya sentía sobre sí mismo. 
Se aprende a escucharla y a creerla pero no se ha aprendido a desconectarla. Lo cierto es que puede aprender a analizar y a refutar lo que le dice la crítica. Puede resintonizarla antes de que envenene sus sentimientos.

viernes, 9 de septiembre de 2016

LA VIDA. UN TRÁNSITO HACIA LA MUERTE

El morir comienza desde el momento de nacer, este es un axioma sin derecho a réplica y en el que todos estamos de acuerdo, eso sí, a partir de alcanzar cierta edad. Se nace sin conciencia de que algún día se tiene que morir, pero pronto se advierte de manera creciente de que la vida, toda ella, tiene un ciclo: nacer, crecer, declinar y morir. 
Desde el prisma de la más pura ciencia natural, el envejecimiento biológico comienza cuando termina el período de crecimiento, es un proceso gradual e insidioso, pero progresivo. Ocurre entre los 25 y los 30 años, y es observable después de los 40 años cuando el desgaste de los tejidos se hace evidente a simple vista. 
Hablamos de “envejecimiento primario” cuando nos referimos a este proceso gradual e inevitable de declive que continua a lo largo de los años, y sobre el cual, nuestras posibles actuaciones ejercen poca influencia. Nos referimos al “envejecimiento secundario” como aquel proceso de deterioro derivado de una enfermedad, el abuso y la inactividad, o un modelo de vida no saludable y que si es sensible a las acciones de la persona para controlarlo. 
Lo cierto es que, no podemos hablar de envejecimiento y pensar en una categoría estándar, ya que el envejecimiento del ser humano es un proceso caracterizado por una enorme diversidad, y además, en cada una de las personas manifiesta una tendencia altamente cambiante a lo largo del tiempo. Algunos factores que determinan dicha diversidad son: la herencia genética, el estado de salud, el status socioeconómico, las influencias sociales, la educación y la ocupación ejercida, las diferencias por generación y la personalidad. 
Las mejores condiciones sanitarias y socioeconómicas, junto con los adelantos tecnológicos de las últimas décadas, han propiciado el aumento de la esperanza de vida; que no significa solamente que la población viva más años, sino que el número de personas mayores aumenta al mismo ritmo que cambian sus características personales y sociales, tienen nuevas formas de vida y sus opiniones, convicciones y objetivos difieren bastante de los que tenían quienes formaban este mismo grupo de población hace tan sólo unas décadas. 
Según los estudios realizados sobre esperanza de vida y longevidad, las curvas de supervivencia apoyan la idea de un límite biológico del ciclo de vida. Aunque mucha gente vive más tiempo que en el pasado, las curvas todavía terminan alrededor de los 100 años. Esto podría ser indicativo de que independientemente de la salud, la condición física y de las mejoras ambientales; el límite máximo del ciclo humano de vida no excedería significativamente a esta edad.


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